SEXTA UNIDAD: EL ESPAÑOL MODERNO

SEXTA UNIDAD: EL ESPAÑOL MODERNO

 

 

Hacia la norma del español moderno

Con el siglo XVIII concluyen los grandes procesos históricos constitutivos de la lengua española y entramos en el español moderno, en una lengua que ha alcanzado su estabilidad. Estabilidad en lo que se refiere a su difusión geográfica, ya que el español no ha adquirido nuevos territorios para su expansión y sí ha consolidado su asentamiento en los que ya poseía, especialmente en el continente americano. Estabilidad interna también, pues la estructura de la lengua no ha variado desde entonces: ni en el plano fónico ni en el morfosintáctico. Tampoco el vocabulario básico ha sufrido grandes cambios, salvo los que se han producido en el llamado «léxico de civilización» y en el de especialidad que, como era lógico esperar, han aumentado considerablemente.

 

 

Durante el periodo áureo, camino de convertirse en lengua común, el idioma había adquirido un alto grado de fijeza. Sin embargo, como afirma Lapesa (1980: 419): «los preceptos gramaticales habían tenido escasa influencia reguladora». Con la llegada del siglo XVIII, la situación va a cambiar de manera significativa. Así, junto al peso de la literatura anterior que va perfilando un modelo de prestigio para la expresión escrita, el espíritu racionalista que caracteriza a este periodo proveerá los instrumentos necesarios para que se lleve a cabo el proceso de estabilización «emprendido por la lengua literaria desde Alfonso el Sabio» (Ibid.).


La fundación de la Real Academia, en 1713 supone el primer paso en firme en esa dirección que pronto daría su fruto con la salida a la luz del Diccionario de Autoridades (1726-1739), uno de los mejores representantes del género monolingüe de su época, el primer y más firme puntal de que dispondría la Academia para cimentar su futura labor reguladora.

 No es casual que la primera tarea que se impone la RAE sea la de redactar un diccionario de la lengua española, copioso y exacto. La empresa del diccionario, comparada con las otras dos obras normativas del periodo fundacional: la ortografía y la gramática era, sin duda, más costosa en tiempo y en recursos materiales y humanos, pero también era el mejor procedimiento para que «se viese la grandeza y poder de la Lengua, la hermosura y fecundidad de sus voces, y que ninguna otra la excede en elegancia y pureza», como manifiestan los académicos al comienzo del «Prólogo» de Autoridades.

 

 

Aunque la necesidad de elaborar el diccionario constituye el impulso inicial para la fundación de la Academia, sería ingenuo no pensar que tras ello se esconden razones de mayor calado filológico y sociocultural. Así, se ha dicho la Academia Española se fundó para luchar contra las aberraciones del Barroco tardío y para frenar la desintegración del idioma provocada por la entrada masiva de galicismos, pero siguiendo la opinión de Lázaro Carreter (1980), para los fundadores de la Academia, el móvil inmediato fue el impulso patriótico de restablecer el honor nacional, exhibiendo la belleza, perfección y abundancia de la lengua castellana, a través del instrumento que consideraron más idóneo. El diccionario fue, pues, ese «inventario fidedigno, como el que ya tenían otros idiomas» capaz de «restablecer el prestigio exterior del castellano».

 

 

La decisión de constituirse en academia del pequeño grupo de eruditos que acudían a la tertulia del que fue su primer director, D. Juan Manuel Fernández Pacheco, Marqués de Villena, hay que relacionarla, también, con el clima de renovación intelectual que había empezado a fraguarse en España a finales del siglo XVII. La Academia surgiría, pues, en este contexto asumiendo, además, la herencia de toda una serie de tradiciones filológicas que tienen como meta el cuidado del idioma. Para D. Fries (1989), las más significativas de estas tradiciones eran:

  • La idea de que las lenguas se desarrollan de manera semejante a los organismos vivos.
  • La idea, asociada a la anterior, de poder estabilizar la lengua materna (siguiendo el modelo de las lenguas clásicas) en el punto considerado culminante de su desarrollo mediante una codificación, para poder perpetuarla de este modo por encima de toda posible degeneración.
  • La tradición de la «competición lingüística internacional».
  • La tradición de un cuidado de la lengua institucionalizado.

De todas estas tradiciones, la más persistente, sin duda, es la idea de que las lenguas, al alcanzar su plenitud, deben ser fijadas para detener su inevitable decadencia y extinción. De manera que, todo el programa de actuaciones que la Academia Española prevé, en esta primera etapa, obedece a la poderosa motivación de conservar la lengua en el estado de esplendor de que goza en ese momento, después de dos siglos de intenso cultivo literario. Ese programa se inicia, como ya sabemos, con la redacción del Diccionario.

 

 

 

En el siglo XVIII queda configurado el español moderno. Una lengua llamada a ser el instrumento de comunicación de un conjunto de naciones que en los últimos siglos no han estado en primera línea ni en lo político ni en el desarrollo científico y tecnológico. La necesidad de adaptar términos y contenidos nacidos en otros entornos lingüísticos comienza a hacerse patente entre las élites hispanohablantes de esta centuria presidida por el gran despliegue que alcanzan todas las ramas del saber... Quizás el mayor logro del siglo ilustrado, en cuanto a la historia de la lengua se refiere, lo constituya la intuición certera de aquellos infatigables intelectuales que comprendieron la necesidad de dotar a la lengua castellana de los recursos necesarios que hicieran posible la expresión del conocimiento en todas sus manifestaciones, cifrando en esta empresa una de las claves del futuro progreso de la nación. De todo ello queda cumplida constancia en el léxico atesorado en esta época donde, como bien afirma el maestro Lapesa (1999: 429):

 

 

 

Procedentes de Las ciencias positivas introducen en este siglo y en el siguiente numerosos términos como: mechánica, mechanismo, hidrostática, hidrometría, termómetro, barómetro, máquina pneumática, aerostática, electrizar, electricidad, microscopio, telescopio, mucosa, papila, retina, inoculación, vacuna, etc. (Lapesa, 1999: 430 y sigs.).

En el siglo ilustrado saldría también la luz una de las obras lexicográficas más significativas de nuestra tradición diccionarística, nos referimos al Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes (1786-93) del jesuita Esteban de Terreros y Pando, donde por primera vez en la historia de la filología española se considera que las palabras provenientes de los ámbitos especializados -que hoy llamamos «tecnicismos», «voces de especialidad» o «términos»- forman parte de la lengua culta y, por consiguiente, deben ser recogidos y descritos en el diccionario. Muchos de los tecnicismos que Terreros introdujo en su diccionario eran adaptaciones del francés, fruto de la traducción de obras especializadas escritas en la lengua del país vecino o vertidas primeramente en ésta. El gran mérito de Terreros como lexicógrafo radica en haber sido el primero que, de manera razonada, instituye al tecnicismo como parte consustancial de la lengua culta, reconociendo su importancia como vehículo transmisor del conocimiento y, por tanto, síntoma del progreso material e intelectual de la comunidad lingüística que se expresa en esa lengua.

 

 

Terreros es consciente de la necesidad de disponer de diccionarios que atesoren el creciente caudal de tecnicismos que, como fruto de los descubrimientos científicos, había comenzado a difundirse, camino de su progresiva internacionalización (Azorín Fernández & Santamaría Pérez: 2005). Este hecho, unido a la aureola de prestigio que adquieren las disciplinas científico-técnicas, explicaría el ascenso a la esfera del léxico culto que experimentan las voces de especialidad en su Diccionario. Aunque, el argumento de mayor peso a la hora de justificar la abierta decantación del erudito jesuita hacia la integración de los tecnicismos como «parte esencial» de su concepto de «lengua culta» habría que buscarlo en la decantada propensión didáctica y divulgadora del conocimiento que informa su labor como lexicógrafo.

 

 

El ejemplo de Terreros calaría en la centuria siguiente entre los lexicógrafos de la corriente no académica, que hicieron de su abierta postura ante la recepción de los neologismos procedentes de los ámbitos especializados una de sus señas identificadoras frente al conservadurismo de la Real Academia.

Podemos concluir recordando que el resultado final de la intensa actividad de creación y adaptación neológica que tiene lugar en el siglo XVIII sería la inevitable modernización del español que vio ensanchar, sobre todo a partir de su segunda mitad, sus posibilidades como lengua de cultura.

Es evidente que uno de los mecanismos más efectivos para incorporar palabras nuevas es el de tomarla prestada de otra lengua, lo que se llama extranjerismo. Puede hacerse de varias formas, pero vamos a ocuparnos de una en concreto.


El préstamo léxico: consiste en tomar directamente un término de una lengua extranjera. Normalmente, si este préstamo se consolida, se produce una adaptación fonética y ortográfica. A veces, ésta triunfa, es lo que sucedió con football y fútbol. Otras, la adaptación no cuaja porque, al fin y al cabo, los que deciden son los hablantes, no la Real Academia: es lo que ha pasado con qüisqui y carné. En el diccionario están, aunque casi nadie lo cree.

Cuando el préstamo conserva su grafía original, se llama xenismo, y, si no está del todo incorporado al idioma (no sale en el diccionario) se llama barbarismo. (Barbarismo es también pronunciar o escribir mal una palabra o usarla impropiamente).

 

 

Se denominan como tecnicismos a las palabras o parámetros utilizados en el mundo profesional para referirse a muchos aspectos relacionados al trabajo. Son palabras o modismos que se introducen en el lenguaje, y este lenguaje es propio de diferentes profesiones y técnicas.

Este fenómeno produce muchas variantes en la lengua dentro de las profesiones en donde una misma palabra puede tener diferentes usos, conceptos y consecuencias.

Los tecnicismos suelen representar herramientas, recursos, actividades, estrategias y modelos entre otros aspectos y  que reciben un nombre que es utilizado por todas aquellas personas que se dedica a esa misma profesión. 

 

 

                 


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