SEGUNDA UNIDAD: ANTECEDENTES
Segunda Unidad: Antecedentes
El elemento prerromano en el español, Con la llegada de los romanos a la Península Ibérica, empezó un proceso de latinización hasta la desaparición de la mayor parte de las lenguas citadas anteriormente. Aunque este proceso fue lento, era tan intenso que las denominadas lenguas prerromanas no sobrevivieron con excepción del vasco, que existe hasta el día de hoy. En cuanto al vasco, no se conoce cuál fue su evolución interna, pero aunque este idioma tiene su propia estructura (fonológica y gramatical), se puede apreciar la influencia léxica latina y romance. Con todo, lo que ahora nos interesa es la influencia ejercida por el vasco sobre el latín y las lenguas procedentes de este idioma. Se conoce multitud de topónimos vascos en el territorio pirenaico con los lexemas berri, gorri erri, 4 y en numerosos puntos de la Península se encuentran topónimos con el sufijo vasco -eno, -en/ena, que se utilizaba para indicar posesión, 4 Estos lexemas han sido descritos ya en capítulo 2. Agnieszka ŁAZOR 56 en combinación con nombres de personas latinos, como, por ejemplo: Vitaalen (Vitalis), Toreno (Turius), Mallen (Mallius) o Villena (Bellius) (Lapesa 1981: 34).
Las lenguas que se hablaban Antes de la llegada de los romanos en el año 218 a. C., la situación lingüística en la Península Ibérica era muy variada, pues no existía una lengua común para todos los pueblos que habitaban este territorio. Por esta razón, las lenguas se clasifican en dos grandes grupos, dependiendo de su origen. Primero, nos encontramos las lenguas no indoeuropeas, a las cuales pertenecen el ibérico y el vasco, y segundo, las lenguas indoeuropeas como el celta y tartesio. 3.1. Las lenguas no indoeuropeas A este grupo pertenece la lengua ibérica utilizada desde el siglo VI a. C. hasta el siglo I d. C., extendida por el sur de Francia, la parte oriental del valle del río Ebro y hacia el sur, hasta la mitad de Andalucía.
No se sabe si
era lengua única o se trataba de varias diferentes con características comunes.
Por una parte, probablemente existían pueblos cuya lengua autóctona era el
ibérico, pero por otra parte se sabe que esta lengua la utilizaban otros pueblos
como lengua franca, con objetivos comerciales., mientras conservaban su idioma
propio. Los contactos con fenicios y griegos, entre otros, llevaron a lo largo
de los siglos a que se produjesen transformaciones dentro del idioma.
Influencia de las lenguas prerromanas en la lengua española 51 Aunque el
ibérico jugó un papel significativo y hay abundantes documentos y textos
escritos en esta lengua, en realidad, la mayor parte de su significado no es
conocido. Hay abundantes fuentes donde se puede reconocer la escritura ibérica;
se suelen mencionar varios soportes gráficos como las monedas, la cerámica o
las cartas. Según Francisco Castillo Pina (2009: 9-27) son los siguientes tipos
de escritura ibérica: 1. En primer lugar, como el más antiguo, se menciona el
Semisilabario Sur oriental, usado por los íberos y los tartesios entre los
siglos VI y II a. C. con objetivos comerciales.
2. En segundo
lugar se presenta el Semisilabario Nororiental, que es el típico sistema
ibérico; consta de 28 signos escritos de izquierda 3. a derecha, y fue
utilizado desde el s. V a. C. hasta el s. I d. C. en una zona que va desde el
norte del río Segura hasta el sur de Francia. 4. El siguiente tipo de la
escritura ibérica es la que emplea el alfabeto jónico, usado en el siglo IV a. C.
en Andalucía; este tipo de alfabeto apareció gracias a los contactos
comerciales con los griegos y la influencia del habla griega y se puede ver en
algunos escasos textos escritos en plomo. 5. El último es el alfabeto latino
que abarca un período muy tardío y solo presenta en su mayor parte nombres
propios. Aunque las huellas de la escritura ibérica son abundantes, no se sabe
mucho sobre esta lengua. Lo más conocido es su sistema fonológico: es seguro
que el alfabeto contenía cinco vocales (/i/, /e/, /a/, /o/, /u/) y también que
existían los diptongos "ai" y "au". Probablemente existía
la consonante /j/ y dos vibrantes /r/ y /ŕ/, cuya diferencia fonética no es
segura, pero que se sabe nunca inicia una palabra. Luego se pueden destacar dos
sibilantes /s/ y /ś/, con diferencia de sonoridad, las consonantes nasales /m/,
/n/ (su número no es seguro) y las consonantes oclusivas en dos series, sonora
y sorda, dependiendo del lugar de articulación: la primera serie, sonora,
incluye una labial, una dental y una velar (/b, d, g /), al igual que la
segunda, sorda (/p, t, k /). Sobre el acento ibérico no se sabe nada debido a
la falta de los signos gráficos en los textos (Castillo Pina 2009: 59-64).
El conocimiento de la morfología de la lengua
ibérica es hipotético y lleno de inseguridad. Existen algunos elementos
repetidos que son probablemente palabras y otros que deben ser elementos
morfológicos; como los elementos morfológicos se juntan a un elemento léxico de
manera permanente, se considera Agnieszka ŁAZOR 52 que el ibérico pertenece a
una lengua aglutinante, o sea, un "idioma en que predomina la
aglutinación" (RAE). Así pues, lo que se podía identificar en el ibérico
son los sufijos. Los más frecuentes sufijos son: -etar y -sken: ambos señalan
el origen. -ka: señala los nombres de persona. -yi: también acompaña a los
nombres de persona. Además se pueden enumerar otros sufijos como -ar, -ban,
-en, -er, -ke, -ike, -te o - ir´a. Debemos hacer referencia a la onomástica
ibérica, que se ve reflejada en diferentes testimonios epigráficos en un amplio
territorio que se extiende desde Andalucía hasta el Sur de Francia. En cuanto a
los topónimos la información se encuentra con relativa frecuencia en las
monedas con leyendas que transmiten el nombre de la ciudAdemás de las monedas,
otras fuentes donde se descifran los nombres son los objetos de la vida
cotidiana, los nombres de los sepulcros, las cartas comerciales o los
documentos contables.
Un ejemplo
evidente se nota en los nombres de las ciudades empezando por los prefijos ili-
o ipo-, que parecen significar “ciudad”; así sucede, por ejemplo, con: Ilici –
Elche, Iliturgi – en Cerro Maquiz (el actual Mengíbar) en el Alto Guadalquivir,
Ipolca – Porcuna o Ilipa – Alcalá del Río (Tirado: 2010: 63). 3.1.1. El vasco
El vasco era una lengua que los vascos y sus vecinos utilizaban en la zona de
los Pirineos, en el actual País Vasco, en el sur de Francia, en Cantabria y una
parte del territorio de la actual Castilla. Lo más importante es que esta
lengua, a diferencia de otras lenguas prerromanas no indoeuropeas, ha
sobrevivido hasta el día de hoy. En cuanto a la procedencia de la lengua vasca,
dos son las teorías. La primera dice que proviene de África y tiene rasgos
comunes con lenguas camíticas como el bereber, el copto y el sudanés. La
segunda, sospecha una procedencia caucásica, basándose en la similitud
gramatical con idiomas de esa zona. Por lo que hace referencia a su posible
relación con los restantes idiomas peninsulares, el vasco es una lengua
aglutinante que en el plano fonético presenta algunas semejanzas con la lengua
ibérica, pero, en cambio, el léxico es muy original.
No se
conserva ningún texto escrito en el vasco antiguo, pero se encuentran nombres
vascos en las inscripciones latinas y en las de otras lenguas; esas inscripciones
tienen, sobre todo, un carácter funerario o votivo: epitafios, votos a los
dioses o dedicatorias a los emperadores. En esas inscripciones se encuentran
nombres vascos de personas, nombres de divinidades de árboles o animales y
muchos topónimos (Nuñez Astrain 2002: 58-61). Por casi todo el territorio de la
Península Ibérica se Influencia de las lenguas prerromanas en la lengua
española 53 encuentran topónimos de origen vasco. Abajo se pueden ver algunos
de los rasgos de topónimos vascos de la época antigua: (1) El sufijo: -eno o
-én, -ena, en topónimos como: Caracena (Soria y Cuenca), Navaleno (Soria),
Teleno (León) (2) Un morfema -en, también -ena, y una variante -enea: para
formar derivados de apelativos: Ibarrena de ibar ´valle´ y como posesivo, por
ejemplo, Michelena (de Miguel), Simonena (de Simón) o Errandoena (de Fernando)
(3) El prefijo -iri, -uli, -uri, -urri, ´ciudad´”; así, por ejemplo: la actual
Elne se llamaba Iliberis que, conforme con el vasco Iriberri, significaría
"ciudad nueva”. (4) Lexemas: berri, "nuevo": Lumbierre proviene
de irumberii y significa "ciudad nueva", gorri, "rojo":
Lascuarre de irigorri, es decir, "ciudad roja" y erri,
"lugar": Esterii "lugar cercado".
Es posible enumerar muchos más topónimos vascones en
diferentes regiones de España actual. 3.2. Las lenguas indoeuropeas Las
informaciones sobre la existencia de las lenguas indoeuropeas en la Península
Ibérica provienen de la toponimia y la onomástica, pero también de testimonios
epigráficos indígenas o de fuentes literarias. Entre estas lenguas se puede
distinguir el lusitano y el celtibérico, aunque se sospecha que el lusitano fue
un tipo de lengua celta. 3.2.1. Las lenguas célticas Las lenguas célticas se
dividen en dos grupos. El primero, el celta continental, al que pertenecía el
celtibérico, estaba integrado por diversas variedades, entre ellas el galo y el
lepóntico, que se hablaban en la Antigüedad y el segundo: el celta insular, que
se conserva hasta la actualidad, es el gaélico, la lengua hablada actualmente en
Irlanda (Lorrio 1997: 543), Escocia, Gales y la Bretaña francesa. El pueblo
celta que llegó a la Península Ibérica tenía su propia cultura, organización
social y lengua pero no tenía una escritura propia. Por ello, para representar
sus expresiones adoptó la escritura de los íberos, dando forma de esta manera
al celtibérico.
La existencia de esta lengua está apoyado por
diferentes testimonios. Entre los testimonios más significados son los
documentos epigráficos escritos en latín o en lengua ibérica, encontrados en
las actuales provincias de Cuenca, Guadalajara, Soria, Valladolid, Burgos, La
Rioja, Navarra, Zaragoza y Teruel, e incluso en Ibiza o el Sur de Francia,
aunque no se sabe explicar su existencia tan lejana. Son de diferentes tipos:
inscripciones religiosos, leyendas monetarias (contienen nombres étnicos y
topónimos), estelas funerarias, escritos Agnieszka ŁAZOR 54 sobre vasos
cerámicos y dos epígrafes muy importantes interpretados como textos oficiales;
resultan de especial de interés los bronces de Botorrita, la inscripción
indígena más extensa en la Península Ibérica y uno de los textos más
significados en el mundo céltico (Lorrio 1997: 360-361). 3.3.
Las lenguas de los tartesios, los fenicios y los
griegos En la península prerromana se puede distinguir otros idiomas: la lengua
tartesia y la lengua de los fenicios y los griegos. En cuanto a los Tartesios, su
origen no es conocido, aunque se sospecha una procedencia etrusca o de Asia
Menor. Era un pueblo civilizado que adquirió una extraordinaria personalidad
política y cultural, y que tenía su lengua propia, probablemente de la familia
celta, como hace sospechar el nombre del rey de los tartesios Argantonio pues
el mismo elemento "argant" aparece en nombres celtas (Moral 2015).
Los datos de esta lengua se conocen gracias a las inscripciones que se hallaron
en la zona de Andalucía, pero su escritura no se parece a la de ninguna otra
lengua de la España prerromana y por eso se desconoce totalmente. Son
abundantes los topónimos tartesios, pero transformados por el latín; así
sucede, por ejemplo, con Arucci (Aroche), Asido (Medina Sidonia), Carmo
(Carmona), Caura (Coria del Río), Corduba (Córdoba), Hispalis (Sevilla), Ilipla
(Niebla) o Tucci (Martos) (A. García Aranda, 2005: 11). Dentro de los topónimos
destacan algunos elementos que diferencian el tartésico; según los
investigadores los más significativos son tres: 1) Los topónimos con -ipo, un
elemento que probablemente significa "ciudad". Se conoce 50 topónimos
formados con -ipo en la Andalucía Occidental.
Estos
topónimos se puede clasificar en tres grupos: Un elemento con un prefijo bi- o
trisílabo, por ejemplo: Acinippo, Baesippo, Baicipo, Irippo, Ventipo. Un
"prefijo" monosilábico: Dipo, Laepia, Saepo. Ipo como primer
elemento: Epora, Ipagrum, Ipolcobulcula, Iponuba, Ipora. 2) Los topónimos en
-uba se concentran en una zona centrada en el valle del Gualdaquivir: Manuba,
Corduba (Córdoba), Ossonoba (en Faro, Portugal). 3) El elemento lak-, está
presente en Locca, Lacipa, Lacunis, Laccobriga, Laccuris (Almaoro-Gorbea 2010:
187-190). A continuación, los fenicios se establecieron en la costa
mediterránea de la Península Ibérica donde hacia el año 1100 a. C.
fundaron el
recinto amurallado que llamaron Gádir, cuyo nombre se fue deformando tanto por
los Influencia de las lenguas prerromanas en la lengua española 55 romanos
(Gades) como más tarde por los árabes (Qādis); hoy esta ciudad se llama Cádiz.
Además de Cádiz existen otros topónimos de procedencia fenicia, son los
siguientes: Asido (Medina Sidonia actual) Málaka (Málaga) se sospecha su
significado como "factoría" Abdera (hoy Abdra). Los cartagineses (los
fenicios de Cartago) fundaron las siguientes colonias: Cartago Nova, la Nueva
Cartago (Cartagena en actualidad), y Portus Magonis (Mahón). También el nombre
de Hispania proviene de los fenicios: isephan-im en su lengua significaba
"la tierra de los conejos". También Ibiza es nombre de procedencia
fenicia, con el significado de "isla o tierra de pinos" (Lapesa 1981:
15). Como ya he indicado, en el territorio meridional de la península se
encontraron textos redactados con la escritura utilizada por los fenicios. En
cuanto a la colonización griega en la Península Ibérica, se produjo en el siglo
VII a. C. En el año 600 a. C. los griegos fundaron Marsella y luego Emporion
(Ampurias). Lo que quedó de los griegos son los algunos topónimos: Aera Leuce
(Lucentum en latín, hoy Alicante) Hemeroscopion (Denia) Calipolis (la bella
ciudad, probablemente Tarragona) Pitiusas (Ibiza por los numerosos pinos que
dominan en la zona) Baleares, (proviene del verbo griego bállo). 4
Los visigodos en la Península Ibérica
Los visigodos forman
parte de los pueblos germanos que invadieron la Península a principios del
siglo V, cuando el Imperio Romano ya estaba en decadencia.
Los primeros pueblos
germanos llegaron a Hispania hacia el año 409. Entre ellos estaban los
vándalos, los suevos y los alanos, que se repartieron el territorio peninsular
conquistado. Poco tiempo después llegaron los visigodos. Éstos aniquilaron a
los alanos, arrinconaron a los suevos en el noroeste peninsular y obligaron a
los vándalos a emigrar al norte de África. La huella lingüística del lugar en
el que los vándalos embarcan, al dejar la Península Ibérica, es *[Portu]
Wandalu, origen del árabe Al Andalus (Lapesa [1980] 1995;
Cano Aguilar 1997; Kremer 2004).
En un primer momento, la población visigoda se mantuvo alejada de la
población romana. Así, por ejemplo, estaban prohibidos los matrimonios mixtos,
debido a la distinta religión que practicaban (los visigodos profesaban el
arrianismo, mientras que los romanos practicaban el cristianismo). Esta
separación se evidencia en los topónimos que aluden a la raza del pueblo que los
habitaba: Godos, Gudillos, Godones, Godojos…
frente a Romanos, Romanillos, Romanones…
(Lapesa [1980] 1995; Cano Aguilar 1997; Quilis 2003; Kremer 2004).
Sin embargo, la
situación cambia con la conversión al catolicismo de Recaredo, que eliminaba la
barrera religiosa inicial (Lapesa [1980] 1995). Asimismo, cabe destacar que la
población visigoda que llegó a la Península era muy escasa, lo que favorecía su
relación con la población autóctona. A la integración de los dos pueblos
contribuyó también, de manera decisiva, la diferencia social que se establecía
en los asentamientos: los nobles y las clases altas se instalaban en las
ciudades (Barcelona, Toledo, Sevilla, Mérida, Córdoba…), mientras que el resto
de la población habitaba las zonas rurales (sobre todo, la meseta castellana).
La mezcla entre ambas razas va a ser tal que, al final del reino visigodo (con
la llegada del Islam, en el siglo VIII), se designa con el término hispanus tanto a los
romanos como a los godos (Kremer 2004).
Los visigodos tuvieron
una influencia fundamental en el derecho y en algunas costumbres. No obstante,
aceptaron la lengua latin
(renunciando a la suya) y la cultura romana, como
prueba el hecho de que mantuvieran los centros culturales de la Península que
se habían establecido en el Imperio Romano; aunque añaden uno, Toledo, que se
instaura como capital del reino (en un principio había sido Barcelona, pero
tienen que trasladarla a causa de la presión de los Francos en el noreste)
(Penny 1993; Medina López 2003)
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